Halifax 1969: una escala de la Fragata Libertad, dos mellizas canadienses y la historia del barco que voló una ciudad

El Capitán Daniel Molina Carranza todavía recuerda el frío de Halifax, el aroma del tabaco en las calles canadienses y aquella historia marítima que escuchó en un elegante salón revestido en madera, mientras la ARA Libertad descansaba en el puerto canadiense antes de emprender una travesía histórica a vela hacia Europa.


12 de mayo de 2026

Corría agosto de 1969. La Fragata Libertad navegaba desde Nueva York hacia Canadá en medio de un viaje de instrucción que buscaba un objetivo ambicioso: cruzar el Atlántico a pura vela y mejorar el récord de navegación que años antes ya había conseguido el emblemático buque escuela argentino.

“Después de cuatro días sin ver la costa, practicábamos maniobras de vela para llegar listos al cruce del Atlántico”, relata Molina Carranza en una memoria cargada de anécdotas, humor y episodios históricos.

La llegada a Halifax contrastó de inmediato con el vértigo de Nueva York, una ciudad todavía sacudida por la guerra de Vietnam y a días del histórico Woodstock. Del otro lado de la frontera aparecía una postal completamente distinta: pinos, casas de estilo británico, gaiteros escoceses en el muelle y una calma que parecía detenida en el tiempo.

“Halifax no era el lugar más divertido del mundo. Los pubs cerraban a las diez de la noche y el que no había hecho contacto a esa hora, terminaba en la cucheta del barco”, recuerda el marino argentino.

La recepción oficial organizada a bordo de la Fragata Libertad cambiaría el rumbo de la estadía canadiense. Allí conocieron al jefe portuario local, el capitán Ewerson, y a sus hijas mellizas, Megan y Fresia.

“Nos habíamos apostado estratégicamente cerca de la planchada para acompañar a las visitas”, cuenta Molina Carranza entre risas. La maniobra funcionó: él y otro guardiamarina quedaron encargados de mostrar el buque a las jóvenes canadienses.

La música romántica de Engelbert Humperdinck sonaba en la camareta de guardiamarinas, iluminada con luces tenues. “No hubo mucha discusión porque fueron ellas las que eligieron pareja”, rememora.

La historia, sin embargo, cambiaría de tono al día siguiente, cuando el capitán Ewerson invitó a los jóvenes argentinos a tomar el té en su casa y terminó revelándoles uno de los episodios más dramáticos de la historia marítima mundial: la explosión de Halifax de 1917.

En un estudio cubierto de cartas náuticas y fotografías antiguas, el marino canadiense reconstruyó el desastre provocado por el choque entre el buque francés SS Mont-Blanc y el carguero noruego SS Imo en pleno acceso al puerto.

“El Mont-Blanc no era un barco: era una bomba flotante”, les explicó.

La nave francesa transportaba miles de toneladas de explosivos destinados a la Primera Guerra Mundial, entre ellos TNT, ácido pícrico y algodón pólvora. Tras una serie de errores de navegación y maniobras fallidas, ambos barcos colisionaron en la angostura de acceso al puerto.

El incendio posterior derivó en una explosión devastadora que destruyó gran parte de Halifax el 6 de diciembre de 1917.

“La onda expansiva provocó un tsunami con olas de 18 metros. Más de dos mil personas murieron y miles quedaron heridas”, recordó el capitán canadiense ante la mirada atónita de los jóvenes guardiamarinas argentinos.

El relato incluía detalles escalofriantes: barrios completos arrasados, fragmentos del barco arrojados a kilómetros de distancia y decenas de curiosos observando el incendio sin saber que estaban frente a una catástrofe inminente.

Molina Carranza describe aquella escena como una de las lecciones marítimas más impactantes de su vida. “Además de aprender temas históricos y náuticos, la pasamos muy bien en Halifax”, resume.

La despedida también tuvo su cuota de aventura. Entre fiestas universitarias, nuevas amistades y noches largas, él y su compañero volvieron a llegar tarde a bordo antes de la zarpada de la Fragata Libertad rumbo a las Azores.

“Fuimos reiteradamente castigados, pero el próximo puerto sería en las islas Azores, así que mucho no cambiaría nuestra vida”, ironiza.

Cada 6 de diciembre, las campanas del memorial ubicado en Fort Needham Park recuerdan a las víctimas de aquella tragedia que marcó para siempre la historia de Halifax. Y cada Navidad, la ciudad canadiense envía un enorme árbol a Boston como símbolo de agradecimiento por la ayuda humanitaria recibida tras la explosión.

Para Molina Carranza, aquella escala canadiense quedó grabada por mucho más que una navegación de instrucción: fue el lugar donde la historia naval, la tragedia y la juventud se mezclaron en una misma travesía.