Informe de la Prefectura Naval Argentina
Los desastres naturales requieren un enfoque multiamenaza
El terremoto de magnitud 9.0 ocurrido en la costa este de Honshu, Japón, el 11 de marzo de 2011, se convirtió en el cuarto más intenso registrado en los últimos cien años. Originó un tsunami particularmente destructivo, al que le siguió una emergencia radiológica en la planta nuclear Fukushima.
El impacto directo del gran terremoto dejó en Japón más de 15.000 muertos, 6.000 heridos, y cientos de miles de personas que continuaron sufriendo consecuencias de la contaminación radioactiva. Si no fuera por el trabajo del personal de respuesta, el evento podría haber sido más devastador que el accidente nuclear de Chernobyl.
Muchos expertos calificaron el desastre de Japón como “sin precedentes”, lo que implica un nivel de destrucción nunca antes registrado, y por lo tanto, imprevisto. Pero ¿realmente lo fue? Los terremotos de 2010 en Chile y Haití, el tsunami de 2004 en el Océano Índico, y muchos otros megadesastres han sido calificados de la misma manera. ¿Pero se puede decir que los terremotos ocurridos fueron inesperados? Las investigaciones sobre sismología hacían suponer que estos eventos podían ocurrir. Lo que no se previó, fue la conjunción de amenazas de gran magnitud en una misma zona geográfica.
Los enfoques de riesgo que se hacen normalmente para una amenaza en particular, son demasiado específicos. Los gerentes toman en consideración la posibilidad de terremotos o tsunamis y el colapso del sistema de seguridad, pero lo hacen separadamente. Sin embargo, la falla en la planta de Fukushima no se debió exclusivamente a una de estas amenazas naturales, o a un problema de seguridad. Fue una combinación de la ocurrencia de varias amenazas, junto con fallas humanas y de equipo, resultando en la emergencia nuclear con liberación de partículas radiactivas peligrosas que se podían detectar a miles de kilómetros de distancia.
La creación de planes de respuesta para riesgos específicos, es común en todo el mundo. Cada vez que surge una nueva amenaza, se implementa una nueva agencia o grupo, como por ejemplo el Sistema de Naciones Unidas para Coordinación de la Gripe creado para responder a la crisis pandémica, las estructuras establecidas por los organizadores del Campeonato Mundial de Fútbol o de los Juegos Olímpicos, o el sistema de coordinación para emergencias de las cumbres presidenciales.
Aunque cada escenario requiere una respuesta, la creación de grupos de expertos paralelos a las instituciones nacionales de coordinación, requiere mucha energía y están condenados a fracasar a largo plazo. En cuanto amaina el interés político o de los medios de comunicación, el grupo o la institución creada para ese fin se desinfla, excepto las instituciones de protección civil que permanecen más allá del desastre. Algo similar ocurre al organizar la respuesta. Salvo los bomberos, la mayoría de las instituciones sólo tienen planes de contingencia para una amenaza concreta, haciendo que el personal se centre en un plan basado en un único problema.
Si bien cada desastre plantea problemas específicos, como el rescate de víctimas de los escombros en un terremoto, o brindar albergue a los evacuados luego de las inundaciones y tormentas, sin embargo, en las grandes instituciones centralizadas, el manejo de la emergencia no sólo se caracteriza por los aspectos técnicos de la respuesta, sino por la gestión del caos, la incertidumbre, las decisiones políticas inmediatas, problemas de seguridad, etc., que siguen a un desastre. El impacto puntual relativo a la amenaza, es sólo uno de los elementos a considerar.
La amenaza de un evento radiológico mundial tras las averías en la planta de Fukushima, puso de relieve serias preocupaciones sobre el nivel de preparación en América Latina y el Caribe. Los preparativos para este tipo de evento siguen siendo atribuidos, sobre todo, a la entidad encargada de accidentes radiológicos y en general no es parte de la planificación nacional de desastres.
Una situación similar existe para otros riesgos. La pandemia de H1N1 recibió mucha atención del área de salud, pero poca de las entidades nacionales de coordinación para desastres. Por lo tanto, la respuesta se enfocó en el desastre y no en la crisis generada por la declaración de epidemia mundial. Las probabilidades indican que el próximo gran desastre global ocurrirá en una zona poblada y vulnerable, en base a la estimación de que para 2030, el 60% de la población mundial vivirá en las grandes ciudades.
Más que nunca, es necesario abordar los riesgos de desastres de manera integral, desde una perspectiva multiamenaza. Del mismo modo, los procedimientos de respuesta deben funcionar para cualquier tipo de desastre, independientemente del escenario o la magnitud de la amenaza que conlleven. Prácticamente, significa que las instituciones deben encarar la capacitación con especialistas en gestión de crisis, quienes aparte de las amenazas que se generen o su combinación, deben ser capaces de poner en marcha una operación bajo el liderazgo de una institución.
La metodología propuesta por un comando de incidente o un sistema de manejo de incidentes, establece una respuesta institucional independientemente del tipo de amenaza o evento. Aunque hay diferentes encuadres del sistema, el principio fundamental es que un reducido grupo designado lidere la operación junto con la máxima autoridad. Este grupo de decisión debe estar integrado por especialistas en el manejo de crisis, y no expertos en una amenaza específica. Para que las instituciones apliquen con éxito el comando de incidentes, se deben definir los niveles de gravedad de una crisis, así como las funciones esenciales que permanecerán completamente operacionales durante la etapa de respuesta.
Pese a que el terremoto de Japón, agravado por el tsunami y el accidente radiológico, conmocionó al mundo, es esperable que este tipo de eventos continúe ocurriendo en el futuro. Habrá menos riesgos “imprevistos”, cuando la planificación tome en cuenta todas las posibles amenazas que pueden ocurrir, individualmente o en combinación, en un área geográfica.
Al pasar de un enfoque de amenaza individual a un análisis integral y a un manejo de incidentes, las instituciones mejorarán significativamente su habilidad para gestionar el desastre, contener el impacto adverso, controlar el caos y minimizar las consecuencias.






































