La Hidrovía no es un sistema para improvisar

Con los pliegos ya presentados y a las puertas de la apertura de sobres, la discusión sobre la Hidrovía ingresó en una nueva etapa. El debate dejó de ser conceptual y pasó a ser eminentemente operativo. Ya no se trata de definir qué debe hacerse, sino de quién está en condiciones de hacerlo en un sistema complejo, continuo y crítico para el comercio exterior argentino y regional.


10 de febrero de 2026

Durante la etapa previa, el intercambio público giró en torno a varios ejes técnicos que concentraron atención y controversia. La profundización de la vía, la actualización tecnológica, el esquema de seguridad operativa y el costo del peaje formaron parte de una discusión intensa, en muchos casos atravesada por miradas parciales y lecturas interesadas. Esa etapa, sin embargo, ya quedó atrás: los estándares, exigencias y niveles de servicio fueron definidos y quedaron plasmados en los pliegos.

Uno de los puntos más sensibles fue, sin duda, la profundización. No como consigna abstracta, sino como exigencia técnica permanente. Profundizar una vía navegable de estas características no es una obra puntual, sino una tarea continua que combina dragado, control batimétrico, señalización y mantenimiento constante. La Hidrovía no admite soluciones intermitentes ni aprendizajes sobre la marcha: cualquier desviación impacta de manera directa en la seguridad de la navegación y en la eficiencia logística.

Otro eje que generó debate fue el costo del peaje. En ese punto conviene ser precisos: el peaje no es una tasa aislada, sino la expresión económica de un sistema que debe funcionar todos los días, bajo cualquier condición hidrológica, con capacidad de respuesta inmediata ante contingencias. La exigencia de que el operador cuente con respaldo financiero significativo —incluyendo garantías y capacidad de inversión millonaria— no es un capricho administrativo, sino un requisito de seguridad operativa. Ese costo, inevitablemente, se traslada a la cadena logística y termina impactando en la carga. Como ocurre en todos los sistemas de transporte, el productor y el exportador son quienes finalmente absorben esa ecuación.

La seguridad fue otro de los aspectos centrales. Operar la Hidrovía implica gestionar riesgos de navegación, responder ante emergencias, sostener balizamiento activo y garantizar previsibilidad. No se trata solo de dragar, sino de asegurar que el sistema funcione de manera ininterrumpida. En una vía por donde circula la mayor parte del comercio exterior argentino y una porción relevante del comercio del Mercosur, los márgenes para el error son mínimos.

Con los pliegos ya definidos, insistir hoy en discusiones conceptuales sobre “modelos” o “esquemas alternativos” resulta, cuanto menos, extemporáneo. La discusión real es otra: si quienes se presentan cuentan con la experiencia, la capacidad técnica y el respaldo operativo necesarios para sostener un sistema de esta magnitud sin sobresaltos.

La Hidrovía no es una obra que se inaugura ni un experimento que pueda ajustarse sobre la marcha. Es una infraestructura crítica que opera como un sistema integrado, donde cada componente depende del otro. Su funcionamiento diario condiciona costos logísticos, tiempos de tránsito, competitividad exportadora y, en última instancia, la capacidad del país y de la región para sostener sus flujos comerciales.

En esta etapa, el verdadero desafío no es imaginar cómo debería funcionar la Hidrovía, sino garantizar que siga funcionando. Sin interrupciones, sin improvisaciones y con la previsibilidad que exige un sistema del que depende buena parte de la economía real.