Morgan, apoyado en la baranda, el Río de la Plata planchado como una mesa de negociación
Conversamos con el Pirata más reconocido del sector, siempre adelantándose con exclusivas. Ahora queda la gran pregunta: ¿vendrá cargado de buenas noticias?
Pibe: —Morgan… dicen que la nueva licitación de la vía navegable viene prolija. Ordenada. ¿Es así?
Morgan: —Prolija, sí. Como una cubierta recién baldeada… el tema es qué se barre y hacia dónde corre el agua.
Pibe: —No te sigo.
Morgan: —Mirá el mapa. Desde los noventa el peaje se cobra por secciones. Tramos largos, tramos cortos, todos pagando como si navegaran lo mismo. Era otra Argentina: menos carga, menos sedimentos, menos barcos metiéndose río adentro.
Pibe: —Pero ahora cambiaron cosas, ¿no?
Morgan: —En septiembre ajustaron el peaje. Dijeron que era por desequilibrios financieros. Deudas viejas, cuentas que no cerraban. Y cuando las cuentas no cierran, alguien siempre termina pagando más… aunque no navegue más.
Pibe: —¿Quién?
Morgan: —Los puertos que están acá nomás. La Plata, Dock Sud, Buenos Aires. Puertos de río ancho, de agua ya trabajada. Barcos que no pisan el Delta, que no raspan el fondo del Paraná, pero que ahora pagan como si lo hicieran.
Pibe: —¿Y por qué?
Morgan: —Porque los pasaron de sección. Un movimiento técnico, dicen. En los papeles parece mínimo. En el peaje, no tanto. Más costo, menos competitividad. Todo muy silencioso.
Pibe: —Pero los contenedores siempre pidieron estar en la misma sección que La Plata.
Morgan: —Claro. Usan apenas unos kilómetros del canal. La lógica decía: “paguemos por lo que usamos”. La decisión fue otra: igualarlos… subiendo a uno en lugar de bajar a todos.
Pibe: —¿Y la nueva licitación?
Morgan: —Ahí está lo interesante. En el pliego reconocen algo obvio: esos tres puertos están en el Río de la Plata. Misma subsección. Pero cuando llegás a las tarifas, el río ya no es tan ancho.
Pibe: —¿Sube mucho?
Morgan: —El balizamiento sube más de doscientos por ciento. El dragado, más del ciento treinta. Son números fríos, pero enfrían rápido al comercio exterior en contenedores.
Pibe: —¿Y los puertos río arriba?
Morgan: —Esos juegan otro partido. Hoy exportan volúmenes que antes ni existían. El Paraná trabaja para ellos: dragado constante, balizas, sedimentos que bajan del Bermejo como una cinta transportadora. Pero el esquema sigue repartiendo costos como si todos navegaran igual.
Pibe: —Escuché que algunos lograron mover la línea del peaje.
Morgan: —Unos kilómetros apenas. Diez, más o menos. Lo justo para quedar en una sección más barata. Lobby fino, sin ruido. El río no se movió; la frontera, sí.
Pibe: —Entonces… ¿qué sería justo?
Morgan: —Cobrar por distancia real. Por millas navegadas. Cuanto más adentro va el barco, más río hay que domar. Es simple. Pero la simplicidad no siempre es negocio.
Pibe: —¿Y afuera cómo lo hacen?
Morgan: —En el Mississippi y en el Rin el dragado es obra pública. Lo paga el Estado. Acá se paga peaje, impuestos, retenciones… y además servicios que no son de dragado.
Pibe: —¿Qué servicios?
Morgan: —Radares, monitoreo, comunicaciones, equipos que deberían ser estatales. Todo sumado al contrato. Veinticinco años. Buen negocio para algunos proveedores. Peaje más caro para todos.
Pibe: —¿Y nadie dice nada?
Morgan: —Los usuarios grandes no. A ellos les conviene el esquema. Están lejos del océano, pero cerca de la decisión. El río es fluvial, cien por ciento, pero el costo se reparte como si fuera abstracto.
Pibe: —¿Y el río?
Morgan: —El río sigue trayendo barro. Y la cuenta sigue bajando… siempre hacia el mismo lado.
Morgan se queda mirando el agua. No dice más. El Río de la Plata tampoco. Pero ambos saben que, en esta historia, el silencio también tiene tarifa.







































